Toda persona que comunica desempeña, necesariamente, un doble rol en dicho proceso de comunicación: el rol de emisor y el rol de receptor.

Después de leer esta frase, nuestra mente empieza a buscar ejemplos en los que esta sentencia no se cumpla. Estoy convencida de que la mayoría de vosotros y de vosotras (incluida yo misma) ya habrá encontrado algún caso. Es en este preciso momento en el que debemos encender todas las alarmas, sobre todo si queremos seguir trabajando sobre la construcción honesta de nuestras habilidades de comunicación.

Y es que la propia búsqueda de estos ejemplos está basada en un obsoleto, peligroso y erróneo concepto de Comunicación. Una visión que analiza el proceso de comunicación como si se tratara de mera transmisión de datos, en lugar de considerarlo una “danza ancestral entre el hablar y el escuchar, el escuchar y el hablar”. Una mágica danza que pone en funcionamiento un importante conjunto de factores, un profundo y complejo proceso de construcción y asignación de sentidos.

Desde esta concepción tradicional de la comunicación, quien escucha ocupa el lugar del receptor del mensaje, un receptáculo pasivo.  De esta forma, el éxito del proceso de comunicación se concentraría en el proceso de emisión del mensaje, confiriéndole a la escucha un papel meramente pasivo e inactivo. En este sentido, el foco se traslada siempre hacia las habilidades relacionadas con el orar, y se aparca la escucha en un espacio apartado y olvidado de nuestro intelecto.

Desde Exeo creemos en la importancia de las habilidades relacionadas con la escucha, como elementos de vital importancia para desarrollar óptimos procesos de comunicación. Es por ello por lo que queremos hacer especial hincapié, desde estos espacios, en la necesidad de poner en valor el poder de la escucha. Si no se valora “el escuchar” como una acción que se puede efectuar con mayor o menor efectividad, no nos hacemos conscientes de la necesidad de desarrollar esta importante competencia.

Y es que escuchar no es solo oír. Es un concepto que va más allá del mero proceso físico de la audición. Oír constituye el aspecto biológico del fenómeno de escuchar. La audición es la percepción de las ondas sonoras que se desplazan por el espacio. Un proceso complejo que termina, o al menos debería terminar, con la interpretación y respuesta que el que escucha da al mensaje recibido. Y es en esta interpretación, donde nos jugamos que nuestra escucha sea una escucha inteligente, que impulse y mejore el proceso de comunicación.

Para poder llegar a gestionar nuestra escucha, resulta interesante reflexionar sobre cómo se produce y hacia qué tipología deberíamos de caminar si queremos liderar e impulsar positivos procesos de comunicación. Podemos diferenciar distintos tipos de escucha en función de la atención que prestamos como interlocutores en el proceso de comunicación:

  1. Escucha apreciativa. Aquella mediante la cual se escucha sin prestar atención. El sonido que percibimos es un sonido de fondo.
  2. Escucha selectiva. Supone seleccionar, dentro del mensaje, la información que nos interesa, dejando el resto de lado. Se presta atención solo a la parte del mensaje que se considera importante para nosotros.
  3. Escucha discernitiva. Se escucha el mensaje completo y se determina lo más relevante, haciendo más hincapié en el fondo que en la forma.
  4. Escucha analítica. Se escucha analizando la información, buscando entender la relación entre las ideas y reflexionando sobre el contenido del mensaje. Pretende llegar a conclusiones lógicas, por lo que el escuchante realiza preguntas a su interlocutor para buscar motivos subyacentes.
  5. Escucha sintetizada. En esta tipología de escucha, el receptor toma la iniciativa buscando un objetivo, dirigiendo la conversación hacia el logro de determinada información, o hacia la consecución de cierto comportamiento por parte de la persona interlocutora. Se apoya en la realización de afirmaciones o preguntas dirigidas hacia el objetivo.
  6. Escucha empática. Es una escucha que pretende llegar a comprender los sentimientos de la persona interlocutora. Para ello, la escuchante procura colocarse en el lugar de dicha persona, intentando llegar a lo que hay tras las palabras, interpretando el mensaje desde el mundo del emisor.
  7. Escucha activa. Es la más completa tipología de escucha, e implica un esfuerzo físico e intelectual importante por parte del interlocutor. Un esfuerzo intelectual desde la concepción más amplia de la inteligencia, que incluye la inteligencia emocional.  Incorpora tanto elementos de la escucha empática y de la escucha analítica, como también de la escucha sintetizada y de la discernitiva. Busca una interpretación completa y correcta del mensaje, basándose en interpretar el comunicado verbal atendiendo no solo a las palabras, sino también al tono de voz y a todos los elementos que componen el lenguaje corporal. Por otra parte, existe una preocupación real por la retroalimentación, con una doble función. Por un lado, ampliar la información necesaria para completar el proceso de interpretación. Y, por otro lado, demostrar al interlocutor que se ha entendido el mensaje, y que dicha persona se sienta comprendida.

Pero aún se puede ir un poco más allá… se trata de practicar, no sólo una escucha activa, sino una Escucha Inteligente. Aquella estrategia mental que se centra especialmente en extraer y elaborar a partir de lo que dice la persona interlocutora. Se trata, en definitiva, de sacar «provecho intelectual» de los discursos de las otras personas, de ser partícipe real y activo de las ideas de otras personas y de su evolución. Es, por tanto, una habilidad importante de cara a fomentar la inteligencia colectiva.

En Exeo entendemos como absolutamente primordial para un liderazgo efectivo, que la persona que pretenda ejercerlo camine, de forma inexorable y continua, hacia la consecución de competencias relacionadas con esta Escucha Inteligente. Una escucha que implique los cinco sentidos en el proceso de comunicación. Y este caminar NUNCA acaba, como no acaba nunca la Inquietud de Mejora que toda buen o buena líder debe sentir a nuestro juicio.

La Escucha Inteligente no tiene nada de pasiva, sino que constituye un proceso activo de asignación de sentido. Para nosotros, también el resto de las tipologías de escucha son escucha no pasiva, de la misma manera que consideramos que no elegir ya es una forma importante de elección. Desde esta perspectiva, el resultado del proceso de comunicación no depende sólo de la persona que emite el mensaje, sino también de la persona que lo escucha. Es la escucha la que le otorga sentido a lo que se dice, y la que completa el proceso de comunicación.

Lo que significa, de manera clara, que en todo proceso de comunicación efectiva el rol de persona emisora y el rol de persona receptora debe ir intercambiándose de forma continua, como si de una melodiosa danza se tratase. Una danza incesante de palabras y emociones. Y las emociones se escuchan con los cinco sentidos, a través del lenguaje no verbal… y un poco más allá. Sin duda tiene que ver con nuestra capacidad de observación, e incluso con las habilidades vinculadas a la intuición.

Para refrescar la importancia de lo qué decimos y cómo lo decimos, te puede interesar leer nuestro post: Liderazgo y Efecto Pigmalión: El poder de las expectativas positivas.

Y para completar la información sobre la intuición y su poder, puedes ver este enlace: Seamos más intuitivos, seamos más creativos

Estas aseveraciones implican que la persona líder, y/o cualquier persona que quiera impulsar procesos de comunicación efectivos, asuma nuevos compromisos, pero también nuevos retos y oportunidades. Tanto cuando hablamos como cuando escuchamos, preocupándonos de construir mensajes que transmitan el sentido de lo que queremos decir, pero también siendo conscientes de la asignación de significado que damos a lo que escuchamos, verificando que hemos entendido en profundidad a la persona o personas que tenemos delante, interactuando con una actitud positiva, abierta e imbuida de respeto.

Todos y cada uno de nosotros y de nosotras desea ser escuchado, comprendido, tratado con respeto y cortesía, captando la atención y obteniendo el reconocimiento de nuestros interlocutores. El buen liderazgo no puede obviar este deseo, por el contrario, debe impulsarlo y hacerlo posible en sus equipos. Si lo hace, además de impulsar una óptima comunicación, estará facilitando la generación de vínculos francos y duraderos.

¡¡¡¡Muchísimas gracias por escucharnos!!!!!!